Historia de San Bernardita

Bernadette nació el 7 de enero de 1844, fueron sus padres François Sobirós (1807-1871) y Louise Castérot (1825-1866), siendo la mayor de nueve hermanos.Fue bautizada en San Pablo, la parroquia local, el 9 de enero de 1844.

Corrían tiempos difíciles en Francia y la familia de Bernadette vivía en pobreza extrema, particularmente desde que ella cumplió diez años. Desde muy pequeña tuvo una salud delicada. La causa era la desnutrición y el lamentable y pobre estado de la casa monoambiente donde residía. El cólera en 1855 atacó a Bernadette dejándola sumamente debilitada. Más tarde contrajo asma. El clima y el ambiente en que residían no la ayudaban en su condición.


Llegó a vivir algunos años en una celda de la antigua prisión de Lourdes, por entonces fuera de uso: el llamado cachot, de 4,40 m por 4 m, en la calle des Petits Fossés, cedido por su propietario, un primo de su padre, a causa de la extrema pobreza de la familia Soubirous. ​ La familia fue entonces señalada en el pueblo como «los que viven en el calabozo».


Había conocido la miseria hasta pasar hambre y ver a sus hermanos repartirse un mendrugo de pan. Bernadette tenía que pedir ropa prestada cuando lavaba la propia. Cuando los demás niños de su edad asistían a la escuela, ella debía cuidar a sus hermanos menores o guardar en el monte ovejas ajenas. Hasta los 16 años no aprendió a leer ni a escribir, aun así, estaba empeñada en recibir la primera comunión. Por las noches, después de largas horas de labor, la niña repetía las fórmulas del catecismo. El maestro le decía a sus padres: «Le cuesta retener de memoria el catecismo, porque no sabe leer; pero pone mucho empeño: es muy atenta y piadosa».


APARICIONES

Fue el 11 de febrero de 1858, y durante seis meses, que Bernadette recibió las revelaciones de la Virgen María en la advocación de la Inmaculada Concepción en la pequeña gruta de Masse-Vieille (hoy llamada Massabielle). El lugar estaba conformado por una roca que cubría una gruta alargada, de unos ocho metros de ancho. Aquel jueves 11 de febrero se había terminado la leña en la casa y Bernadette se ofreció a ir a recoger, a la vera del torrente Gave, con su hermana Toinette y Juana Abadie, a quien llamaban Baloum. Las tres niñas descendieron hasta Masse-Vieille. Según su relato, Bernadette oyó un fuerte rumor de viento, pero al volverse vio que todo estaba tranquilo y que los árboles no se habían movido. Por segunda vez oyó el mismo rumor, entonces en el interior de la gruta vio a una «jovencita» (que en su decimosexta aparición se identificaría como la Inmaculada Concepción).

INGRESO EN LA CONGREGACION DE NEVERS

Tras las apariciones, a partir del 15 de julio de 1860, Bernadette fue acogida en el hospicio por las religiosas Hermanas de la Caridad de Nevers. Dejó la casa y permaneció como enfermera dos años entre ellas (1861 y 1862).

En agosto de 1864 solicitó ser admitida en la Comunidad de Hermanas de la Caridad de Nevers y en julio de 1866 comenzó su noviciado en dicha congregación.

En septiembre de 1866, el asma del que siempre había padecido se agravó. El 25 de octubre recibió la unción de los enfermos y, al agravarse la enfermedad, pronunció los votos in articulo mortis. Sus fuerzas estaban al límite de modo que, al no poder pronunciar la fórmula, Mons. Forcade la pronunció en nombre de ella. En 1867 se recobró, y el 30 de octubre de ese año hizo su profesión religiosa de las manos de Mons. Forcade.


La escena de su profesión religiosa, concertada con la superiora, madre Josefina Imben, se hizo famosa. Mientras que todas las novicias, después de la profesión, recibieron el crucifijo, el libro de las constituciones y la carta de obediencia, Bernadette no recibió nada. La madre Josefina dijo, explicándose: «No hace nada bien».​ Entre las monjas, Bernadette sufrió no sólo por su mala salud, sino también porque la superiora no creía ni en sus visiones ni en sus dolencias. 

Desde octubre de 1875, la historia de Bernadette se confunde con la historia de sus enfermedades.​ La joven Bernarda cojeaba y fue reprendida varias veces. Incluso la priora no la dejaba salir de su celda, pues decía que quería llamar la atención. En diciembre de 1877 se vio precisada de guardar cama por dolores en una rodilla. En febrero de 1878 tuvo una recaída de asma y sufrió vómitos de sangre.

A partir de diciembre de 1878 permaneció definitivamente en cama. La realidad era otra de la que suponía la madre superiora: Bernadette sufría de un tumor en su pierna, más concretamente, de tuberculosis ósea diagnosticada en último estadio, extremadamente dolorosa. No por ello había cejado en su trabajo: se había dedicado a ser enfermera y sacristana durante los nueve años que compartió con las hermanas de la Congregación, hasta que no pudo más por los agudos ataques de asma y la enfermedad que padecía.


FALLECIMIENTO

Poco tiempo antes de morir, llegó un obispo que iba camino de Roma. Bernadette escribió una carta al papa para que le enviara una bendición. El obispo llevó la carta a Roma y, al regresar de la Santa Sede, le trajo una especial bendición de León XIII y un crucifijo de plata que le enviaba de regalo; era el 15 de abril de 1879. Toda esa semana, Bernadette había sufrido mucho, por las llagas de decúbito. Al día siguiente, el 16 de abril de 1879, con apenas 35 años, murió a las 15:15 horas. ​ Sus últimas palabras fueron: «La he visto otra vez... ¡Qué hermosa es! Madre, ruega por mí que soy pecadora».

Los funerales de Bernadette fueron notables. Las palabras que corrieron en boca de todos fueron: «La santa ha muerto». Inhumada en la capilla de San José de la casa madre, asistió una inmensa muchedumbre llegada de toda Francia.

PROCESO DE CANONIZACION

El proceso diocesano sobre la heroicidad de sus virtudes se abrió el 20 de agosto de 1908. El 2 de septiembre de 1909, su cadáver fue desenterrado y hallado en perfecto estado de conservación; no obstante, el crucifijo y rosario que llevaba en las manos se encontraron cubiertos de óxido. El 25 de agosto de 1913, Pío X inició el proceso de beatificación en Roma que, retrasado por la Primera Guerra Mundial, se reanudó el 17 de septiembre de 1917. El 14 de junio de 1925, Pío XI proclamó beata a Bernadette.

En el año de su beatificación se realizó una segunda exhumación del cuerpo que seguía sin descomponerse (incorrupto), ​ aunque con manchas y decoloración en la piel, probablemente como resultado de su exposición al aire durante los cuarenta y seis años posteriores a su entierro. Por ello, con un molde del rostro y fotos de la religiosa, la empresa de Pierre Imans fabricó tenues cubiertas de cera para el rostro y las manos que le fueron colocadas antes de su traslado al convento de Nevers el 25 de junio. Luego el cuerpo fue ubicado en la capilla que hoy lleva su nombre, perteneciente al antiguo convento de San Gildard de Nevers, y depositado en un relicario de cristal, donde es objeto de visitas y peregrinaciones hasta hoy.

CANONIZACION

Finalmente, el 8 de diciembre de 1933, durante el Año Santo de la Redención y Jubileo extraordinario, Pío XI proclamó «santa» a Bernadette Soubirous, la hija del pobre molinero de Boly. El texto solemne de la canonización pronunciado por el papa fue:

«En honor de la Santísima e indivisible Trinidad, para la exaltación de la fe católica y para el incremento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de madura deliberación y habiendo implorado la ayuda divina, el parecer de nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa Iglesia romana, los patriarcas, los arzobispos y obispos, declaramos y definimos santa a la beata María Bernarda Soubirous y la inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que su memoria será piadosamente celebrada todos los años en la Iglesia universal el 16 de abril, día de su nacimiento para el cielo».

Bernardette siempre reconoció lo que de verdad decían sus detractores (ignorancia, falta de educación), pero jamás lo sobrecargó de significado. De ese modo logró, incluso en los momentos difíciles, mantener la serenidad interior. Su negativa a ser considerada un objeto que mostrar fue decidida y su límpida franqueza dejó sin habla hasta al más culto.

ESPIRITUALIDAD

Su repugnancia por el dinero era proverbial. El periodista Balech de Lagarde, del Courrier français, le prometió llevarla a París y hacerla rica. La respuesta de Bernadette fue un «no» rotundo. ​

En ella se conjugaron armoniosamente el realismo de una muchacha de campo y la conciencia de que, por encima de todo, vale la inteligencia de las acciones que se deben cumplir.

Los cristianos católicos y anglicanos consideran a Bernadette un canal limpio, para que por ella pasara una revelación de la gracia de Dios, manifestada en María: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Los inesperados alcances teológicos de esa revelación excedían a Bernadette. Ella, por su fe y su humildad, siguió a la «Señora» más de lo que la entendió, limitándose a cumplir la misión encomendada de transmitir el mensaje.

El rezo del rosario acompañó los irrepetibles momentos de su vida, los de las apariciones. Pobreza, oración y penitencia, amor y Dios son las palabras que conforman el mensaje del que Bernadette fue portavoz.


REPERCUSIONES EN LA ACTUALIDAD

En atención a la primera aparición de la Virgen María a Bernadette Soubirous, la Iglesia católica celebra el 11 de febrero la festividad de Nuestra Señora de Lourdes. En 1992, el papa Juan Pablo II instituyó la celebración de la «Jornada Mundial del Enfermo» a realizarse el 11 de febrero de cada año.

Entre los católicos, Lourdes es considerado popularmente un lugar emblemático en el que se conjugan el sufrimiento, la fe expresada en plegaria, la curación y la conversión. Sin embargo, «Le Bureau des Constatations Médicales» y «Le Comité Médical International» de Lourdes, que rigen el análisis científico de las curaciones producidas en Lourdes, son sumamente estrictos. Para que una curación se considere «inexplicable» para la ciencia se deben cumplimentar una serie de requisitos, entre los que se cuentan: que la dolencia sea incurable; que se haya puesto de manifiesto la total ineficacia de los medicamentos o protocolos empleados en el tratamiento de dicha dolencia; que la curación haya sobrevenido de manera instantánea o casi instantánea; que la curación haya sido absoluta. De los aproximadamente 7 000 casos de curaciones registrados en expedientes, solo 67 han sido reconocidos oficialmente como «milagros» por la Iglesia católica.7​ Tal es el grado de rigor manifestado por la Iglesia en este tema que la curación de Marie Bailly, aquejada de peritonitis tuberculosa en último estadio (el famoso «Dossier 54» de los Archivos de «Le Bureau des Constatations Médicales» de Lourdes), y testimoniada por el doctor Alexis Carrel18​ (premio Nobel de Medicina 1912), no se encuentra incluida entre los casos considerados «milagrosos».

Santa Bernadette Soubirous, una niña pobre de escasísima educación pero de entrega y fe incondicionales que debió sufrir la burla e incredulidad de muchos que se consideraban a sí mismos doctos –incluso dentro de la propia estructura eclesial– encarna en la historia de la humanidad un ejemplo vivo de aquellas palabras de Jesús: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mateo 11, 25).